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Recuerdo en tiempos de mi infancia en la casa de mis abuelos, la alegría que iluminaba sus rostros cuando llegaba el cartero, era todo un acontecimiento familiar.

Mis abus, alicantinos en Uruguay, lo vivían como el único acercamiento y contacto posible a lo cotidiano de sus afectos españoles. Había teléfono, pero era caro y había que controlarse, y en la emoción de las voces, siempre quedaban cosas importantes por decir.

Entonces, cuando llegaban los sobres “por avión”, no había más apuros que las ganas, y se iniciaba una ceremonia ritual alrededor de la mesa: se abría con mucho cuidado el sobre, por si se rompía el papel finito y sin renglones (se pagaba según pesara); luego mi abuela leía en voz alta lo que le contaba su hermana sobre toda la familia y amigos, y siempre se terminaba, inevitablemente, con alguna lagrimita, que alguna vez fue de dolor, pero por suerte y por lo general, era de alegría y cercanía.

Desde que vivo por tierras ibéricas, en muchas ocasiones he sabido comprender a mis abuelos y a todos los emigrantes de otras épocas, identificándome con esos corazones y sentires compartidos por la distancia geográfica, y agradeciendo que en estos tiempos exista internet y teléfonos baratos (y pasajes de avión más accesibles, según el mes).

Pero con tanta tecnología, todavía, de vez en cuando, con mi familia y amigos nos enviamos cartas de papel por correo normal, el de toda la vida.
Porque sentimos que las letras escritas y borroneadas por el boli, el olor casi primitivo del folio, y esa textura que acariciamos o besamos ante de cerrar el sobre, es lo más parecido al abrazo.

 

 

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