Cuando por mayo comencé a escribir Llorá, me tiré al agua en un río que sólo conocía desde la orilla, y por supuesto, sin saber si lo continuaría (como muchos).
En ese primer momento, tuve la gran suerte y el apoyo de unos geniales capitanes de barco, que siguen tirándome cables y buen rollito hasta hoy, y que quizás sin ellos, no hubiera sabido encontrar estímulos o confianza suficiente, para más (que sólo germinar).

Debo confesar que tengo las mismas ganas que los primeros días y post. Y no tiene tanto que ver conmigo, tiene que ver, absolutamente, con ustedes.
Leí por algún lado (que no recuerdo ahora), que en vez de enlazar a un blog (blogroll), debiéramos enlazar a un buen post de algún blog (postroll). No me parece nada loco, si miro mi propio ombligo, hay entradas que me suenan más o menos atractivas, y otras, que son para olvidar (en mi opinión, las que marchan por lados más superficiales).
No es extraño, muchas veces siento esa lucha (que obviamente debe ser más que personal): comprometerme mínimamente con lo que creo, por un deber humano, sin transformarme en una amargadota, por supervivencia.

El equilibrio no es fácil, lo cotidiano no lo pone nada fácil.
Pero no me siento nada sola, con sorpresa renovada y mucho honor para mí, ustedes llegan.

Creo que es buen momento para dar las gracias a todos los que paseais por esta pequeña casita (comentando o no):
¡Gracias totales!
¡Buena y digna vida, para todos!